Cuando un franquista me puso una navaja en el cuello

Como mega-introverter que soy, algo que siempre he llevado mal son las peluquerías.

Por algún extraño motivo el 99% de los peluqueros piensa que quieres cháchara cuando vas a cortarte el pelo.

Entonces cada sesión se convierte en una conversación de ascensor terrible.

Dependiendo del peluquero puede ser una tortura.

Y es una putada, porque yo disfruto mucho del «acto» en sí mismo de que me corten el pelo.

Me parece muy relajante.

Y que me estén forzando a tener una conversación vacía que no va a ningún sitio ni le importa a nadie… hace que no pueda relajarme y disfrutar de mi corte de pelo… sino todo lo contrario.

Entonces casi nunca he tenido peluquería fija y siempre ha sido un suplicio encontrar un/a peluquero/a silencioso/a allá donde he vivido.

Una vez, un día que tenía cero ganas de hablar y solo quería que me cortasen el pelo rápido e irme pa’ casa, decidí innovar.

Me metí en una barbería de estas cutres de barrio donde si te sientas en el asiento de cuero es probable que luego no puedas despegarte.

Este tipo de barbería-peluquería tiene algunas ventajas:

  • Los peluqueros de estos negocios no suelen dar conversación.
  • Casi nunca hay cola, puedes llegar y ser el siguiente.
  • Si la hay, sabes que durará poco, nada de reservar.
  • Son baratas y el corte es decente si no vas buscando un estilo rollo cosplayer japonés.

Las desventajas son muchas otras:

  • Suelen ser… poco higiénicas.
  • Casi siempre hay una radio o una tele de tubo antigua encendida… y como tengas mala suerte te toca tragarte el programa de los abuelitos que ligan de Canal Sur.
  • Son pequeñas, y si hay cola te quedas dentro hacinado o tienes que esperar fuera.
  • Puede que te toque un barbero de barrio que sí habla. Y que cuenta batallitas.
  • Hay riesgo de que el peluquero no te hable… pero la clientela sí.
  • El propietario / peluquero puede que esté un poco tocado del ala.
  • A veces el corte no es decente… y sales con un peinado de cuando Franco era corneta.

Y hablando de Franco…

Ese día tuve mala suerte:

Me tocó un peluquero franquista.

Cuando llegué apenas estaba terminando con un cliente así que 1 minuto después ya era mi turno.

Nadie más en la barbería.

«Buf, qué suerte, ha sido llegar y ya me toca, además el tío parece calladito,» pensé.

MEEEEC!

Error.

También era de los que cuentan batallitas.

Entonces fue cuando supe que era franquista.

Empezó con el típico discurso de «esto con Franco no pasaba».

Y no sé cómo… llevó la conversación hacia un terreno en el que surgían historias de «Barberos VIP».

Es decir, del barbero que afeitaba a Franco.

O los barberos que se encargaban de afeitar a los peces gordos a nivel mundial.

Todo llevaba a una especie de conspiración.

Una especie de «Orden Barberil».

Y entonces… mientras me colocaba un navaja en el cuello simulando un corte mortal…

… dijo la única frase que recuerdo con exactitud:

«Los barberos podríamos dominar el mundo… ¿no ves que tenemos a nuestro alcance el cuello de cualquier político mientras sujetamos una navaja en la mano?»

Y oye, esto es un plan que, tal y como está el percal, a más de uno y de dos no le parecería muy mal.

Tiene potencial viral.

Y tener el ojo entrenado para lo viral, y para «la navaja» más poderosa de internet… no sé si tiene potencial para dominar el mundo, pero desde luego tiene un gran potencial para engordar tu cuenta bancaria.

De cortar pelo o política no sé mucho, pero de lo manejar «la navaja de internet» sí un poquito.

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Eso sí… te contaré batallitas.